Hoy es un día especial, me dije. Pero no hablo del clima por supuesto, pues hace semanas que los días están igual de frescos; me refiero es a algo realmente fuera de lo común, algo que incomoda en una vida tan monótona como la que conllevo con mi amargada esposa Dora.
Ella y yo vivimos con Silvia, nuestra inocente señora de servicio, quien ah sido la causante de mi actual incomodidad, pues ha lavado mi almohada y ahora la sentiré algo áspera. No me puedo disgustar con Silvia, pero tampoco puedo negar que el día de hoy no dormiré a gusto.
Bueno, ya esta tarde de la noche y he tenido un día aburridamente estresante; aunque está bien por esta ocasión, pues será la excusa perfecta para no cumplirle sexualmente a mi esposa; ella y yo llevamos muchos años juntos y la verdad de un tiempo para acá se ah ido perdiendo esa llama que nos encendía cuando salíamos en nuestras primera citas. Pareciese que la relación entre ella y yo, se ah ido desmoronando, aunque no debería ser así, ojala hubiera un cambio algo radical en nuestras vidas, algo que nos devolviera las ganas del otro, pero debo ser realista y darme cuenta que no pasara algo así.
Son las 2:33am y el bendito celular me ah despertado, igualmente a mi esposa Dora. No me puedo imaginar quien me llamaría a esta hora un lunes. Para acabar de ajustar es un número desconocido y no eh alcanzado a contestar. “A lo mejor se han equivocado y no volverán a llamar”, le dije a Dora. Este fue un instante aun mas incomodo después de todo lo ocurrido, pues Dora se ha recostado boca arriba y con los ojos abiertos como una lechuza. “Esta ya se armo una película”, me dije, y antes de enfrentarla por lo que estaba sucediendo yo ya estaba perdido en el sueño como un bebe.
Me he levantado con los primeros rayos de sol entrando por la ventana y con la sensación de que el día de hoy será aun más especial que ayer. Abro más los ojos, un poco esforzado y con algunas lagañas, y distingo a Dora sentada en el tocador del cuarto. Lo especial es que ella no se había quedado con la duda rondando su cabeza y ah agarrado mi celular para llamar a mi supuesta amante.
Lo curioso y a la vez trágico es que, según me dice Dora entre lagrimas, que le ha contestado una mujer de voz joven y le ah preguntado por mí; bueno, realmente no por mí, sino por un hombre bautizado con igual nombre mío. Es extraño, pero era lo que faltaba para llenar mi lista de desgracias, y por supuesto, Dora no se quedo con las manos cruzadas y ah corrido emocionalmente desalentada a empacarme la poca ropa que se le atraviese, para enseguida echarme de la casa, que como hija consentida de sus pudientes padres nos habían dejado como obsequio, o bueno, le han dejado a ella.
Ahora que me encuentro buscando dónde hospedarme y asimilo lo complejo de la situación, me siento como solitario vagabundo. Inclusive, siento que empiezo a extrañar mi almohada recién lavada.



